
CAPÍTULO 1: LAS 29 INVITADAS AL TÉ QUE NUNCA SE TERMINÓ
El plomero Viktor S., de 41 años, asegura que jamás olvidará aquella mañana. Había sido enviado por el administrador del edificio para revisar una fuga de agua que, según los vecinos, llevaba varios días filtrándose hacia el apartamento inferior. Nadie respondía a la puerta. Después de varios intentos y con autorización del propietario, abrió el departamento.
Lo primero que sintió fue el olor.
“No era simplemente olor a humedad”, recuerda. “Era una mezcla extraña, dulce y podrida al mismo tiempo. Como flores marchitas guardadas durante años en un sótano cerrado. Me costaba respirar”.
Encendió la luz del pasillo.
Durante unos segundos creyó haber entrado en una guardería.
Había pequeñas sillas de colores perfectamente alineadas alrededor de una mesa diminuta. Sobre ella descansaban tazas de té vacías, platos de juguete y un pastel de plástico con siete velas que parecían esperar a una niña que nunca llegaría.
Entonces comenzó a mirar con más atención.
Las “niñas” no se movían.
Había una sentada junto a la ventana con un libro abierto entre las manos. Otra abrazaba un oso de peluche casi tan grande como ella. Dos parecían mirarse frente a frente, como si estuvieran conversando en silencio. Otra permanecía acostada sobre la cama, con las manos cruzadas sobre el regazo.
Todas vestían ropa impecable.
Uniformes escolares perfectamente planchados.
Vestidos de fiesta.
Zapatos de charol.
Lazos cuidadosamente peinados sobre el cabello.
Parecían preparadas para asistir a una fotografía escolar.
“Pensé que eran maniquíes”, explicó Viktor. “Pero después vi las manos. Eran demasiado reales. Entonces escuché música.”
Desde algún lugar de la habitación sonaba una vieja caja musical interpretando una melodía infantil.
La música continuaba mientras las figuras permanecían inmóviles.
“Sentí que todas me estaban mirando aunque ninguna tenía ojos verdaderos. Salí corriendo. Bajé las escaleras sin recordar cómo. Vomité antes de llegar al primer piso.”
Los primeros agentes llegaron pocos minutos después.
Al entrar encontraron una escena que ninguno de ellos olvidaría.
Los investigadores contabilizaron veintinueve figuras de tamaño humano distribuidas por todo el apartamento.
No existía desorden.
No había señales de violencia.
Todo estaba increíblemente limpio.
Cada “niña” ocupaba un lugar específico, como si formara parte de una enorme representación teatral detenida en el tiempo.
Los peritos descubrieron algo aún más inquietante.
Los rostros estaban cubiertos por máscaras de tela cosidas cuidadosamente a mano. Sobre ellas alguien había pintado ojos, pestañas, labios rosados y mejillas sonrojadas.
Dentro del pecho de cada figura había una pequeña caja musical.
Al mover ligeramente uno de los cuerpos, la melodía comenzaba a sonar.
Era como si cada “niña” despertara por unos segundos.
Veinte minutos después apareció el propietario del apartamento.
Se llamaba Anatoly.
Venía caminando desde la biblioteca municipal donde había pasado toda la tarde investigando documentos históricos.
No corrió al ver los vehículos policiales.
No preguntó qué había ocurrido.
Simplemente observó las ambulancias, los patrulleros y la multitud reunida frente al edificio.
Después dijo con absoluta tranquilidad:
—Por favor… díganles a mis hijas que ya voy. Ellas se asustan cuando llegan desconocidos.
Los policías intercambiaron miradas.
En ese instante comprendieron que estaban frente a un caso completamente fuera de lo imaginable.
Mientras era esposado, Anatoly no dejó de mirar hacia la ventana de su apartamento.
Sonreía.
Como un padre preocupado por haber llegado tarde a una reunión familiar.
Nadie sabía todavía que aquella vivienda ocultaba uno de los descubrimientos más perturbadores de la historia criminal del país.
CAPÍTULO 2: EL MÉTODO DEL MONSTRUO – CÓMO SE ROBABA A LAS NIÑAS DE LOS CEMENTERIOS
El interrogatorio comenzó esa misma noche.
Los detectives esperaban encontrar contradicciones, excusas o intentos desesperados por negar lo sucedido.
No ocurrió nada de eso.
Anatoly respondió cada pregunta con una serenidad desconcertante.
Hablaba lentamente.
Ordenaba las fechas con precisión.
Corregía a los investigadores cuando confundían un año o un lugar.
Más que un sospechoso, parecía un profesor universitario explicando el contenido de una conferencia.
“Soy especialista en rituales funerarios eslavos”, comenzó diciendo.
“Durante quince años recorrí cientos de cementerios. Registraba lápidas antiguas, símbolos religiosos y costumbres de enterramiento. Mientras investigaba comprendí algo que la mayoría de las personas ignora: los niños no deberían permanecer solos bajo tierra.”
Los agentes permanecieron en silencio.
Él continuó hablando durante horas.
Explicó que llevaba un cuaderno donde anotaba la ubicación exacta de tumbas infantiles.
Registraba nombres.
Edades.
Fotografías.
Fechas de nacimiento.
Fechas de fallecimiento.
Incluso escribía pequeños comentarios obtenidos de obituarios o conversaciones con familiares.
Decía que así podía “conocer” a cada niña antes de llevársela.
Según su propio relato, únicamente visitaba cementerios durante la madrugada.
Esperaba noches sin luna.
Utilizaba herramientas pequeñas para no llamar la atención.
Trabajaba lentamente, convencido de que nadie lo descubriría.
“Solo buscaba niñas de entre tres y doce años”, declaró.
“Las niñas son inocentes. Merecen estar en un lugar cálido.”
Después describió con absoluta frialdad el procedimiento que realizaba al regresar a su apartamento.

Los investigadores escuchaban sin interrumpir.
Cada palabra hacía el ambiente más pesado.
Aseguró que limpiaba cuidadosamente los cuerpos.
Los preparaba durante semanas.
Construía estructuras internas para mantenerlos sentados.
Confeccionaba vestidos.
Cosía máscaras de tela porque, según explicó, “la tierra cambia demasiado los rostros”.
“No quería que estuvieran tristes cuando despertaran en mi casa.”
También afirmó que nunca consideró aquellas figuras como objetos.
Para él eran su familia.
Cada una tenía un nombre.
Una personalidad.
Un lugar fijo en el apartamento.
Decía que jamás permitía que una se sentara donde correspondía otra.
“Tenían horarios”, explicó.
“Desayunaban conmigo.
Escuchábamos música.
Les leía cuentos.
Les enseñaba idiomas.
Veíamos películas.
Celebrábamos cumpleaños.
Nunca estaban solas.”
Los detectives encontraron cuadernos completos donde Anatoly registraba conversaciones imaginarias.
Escribía respuestas atribuidas a cada una de las niñas.
Anotaba qué comida preferían.
Qué libros les gustaban.
Qué regalos recibían cada Navidad.
Había calendarios llenos de cumpleaños marcados con distintos colores.
En varias fotografías aparecía sentado en una mesa rodeado por todas ellas, como si se tratara de una reunión familiar.
Cuando uno de los investigadores le preguntó si alguna vez pensó que aquello era incorrecto, respondió sin mostrar la menor emoción.
“No.”
“Lo incorrecto es abandonar a un niño bajo la lluvia.”
Al preguntarle por qué exactamente había veintinueve “hijas”, respondió con una lógica tan absurda como inquietante.
“Porque mi habitación mide veintinueve metros cuadrados.
Una niña por cada metro.
Así ninguna estaría sola.”
Los policías abandonaron la sala durante unos minutos.
Necesitaban aire.
Ninguno estaba preparado para escuchar semejante relato contado con tanta normalidad.
CAPÍTULO 3: LA MUÑECA DEL TRAJE ROJO – LA HISTORIA DE OKSANA
Entre las veintinueve figuras hubo una que llamó inmediatamente la atención de los investigadores.
Vestía un pequeño traje rojo perfectamente conservado.
Tenía zapatos negros de charol.
En sus manos sostenía una muñeca de tela casi deshecha por el tiempo.
Sobre una silla cercana descansaba una tarjeta escrita a mano.
“Feliz cumpleaños, Oksana.”
Gracias a los registros policiales fue posible identificarla.
Su nombre era Oksana V.
Había fallecido el 17 de enero de 2008.
Tenía apenas siete años.
Su madre, Irina, recordó inmediatamente aquel vestido.
“Era su favorito”, contó entre lágrimas.

“Siempre decía que con ese vestido parecía una princesa. Incluso en invierno insistía en usarlo porque decía que el color rojo la hacía sentir valiente.”
Cuando Oksana murió, Irina decidió enterrarla con esa misma ropa.
Quería que descansara llevando aquello que más había amado.
Cuatro años después ocurrió algo extraño.
Al visitar el cementerio observó que la tierra alrededor de la tumba parecía haber sido removida.
Las flores estaban desplazadas.
Había pequeñas marcas de herramientas.
Denunció lo sucedido.
La respuesta fue breve.
“Probablemente fueron vándalos.”
El caso fue archivado pocos días después.
Durante once años, Irina continuó visitando aquella tumba.
Le llevaba flores frescas.
Limpiaba la lápida.
Le hablaba durante horas.
Le contaba que su hermano menor ya había aprendido a caminar.
Que su padre seguía dejando una silla vacía en cada cumpleaños.
Que la familia jamás había dejado de pensar en ella.
Nunca imaginó que, mientras hablaba frente a aquella sepultura, el lugar estaba vacío desde hacía años.
Su hija ya no descansaba allí.
Cuando la policía le mostró la fotografía del apartamento, Irina reconoció inmediatamente el vestido rojo.
No necesitó mirar el rostro.
Reconoció los zapatos.
El pequeño broche del cabello.
Y la muñeca de tela que había colocado junto al ataúd el día del funeral.
Según los investigadores, esa identificación permitió reconstruir parte de la cronología del caso y comprender que el responsable había actuado durante años sin ser descubierto, aprovechando la falta de vigilancia en distintos cementerios.
La imagen del traje rojo terminó convirtiéndose en uno de los símbolos más recordados de toda la investigación, no solo por el horror del caso, sino porque representaba el duelo de una familia que creyó durante más de una década que su hija seguía descansando en paz.